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El poeta que se hizo tarde

Javier Bozalongo publica ‘La casa a oscuras’, donde muestra que es un escritor que abre puertas, ventanas, caminos

Dice José Emilio Pacheco que Javier Bozalongo (Tarragona, 1961) hizo el viaje por la existencia antes de escribir sobre ella, que escribe como quien lleva mucho tiempo en transacciones con la realidad. Leyendo La casa a oscuras (Accésit del XIX Premio Jaime Gil de Biedma, 2009) es difícil recordar que Bozalongo publicó su primer poemario hace tan sólo nueve años. Tres libros han bastado para que su poesía aboliese ese peculiar desfase. Líquida nostalgia (2001) partió ya de una posición aventajada: la de un poeta dueño de su voz, tranquilo, ajeno a la ansiedad que lleva a muchos autores jóvenes a quedarse varados en la orilla del ademán, la exhibición, el artificio. Lejos de eso, la evolución de Bozalongo es una carrera de relevos en sprint: Hasta llegar aquí (2005) y Viaje improbable (2007) podrían ser los dos puntos álgidos de un largo recorrido lleno de títulos; los buenos poetas, sin embargo, prescinden de la paja, y éste es un gran ejemplo de ello.

La casa oscuras es un poemario adulto con todas sus consecuencias. Sus páginas evidencian el desengaño al que nos conduce la madurez, ese momento en el que nos atrevemos a abrir La caja de los sueños (así se titula la primera parte) para descubrir que dentro quizás no queda nada: “Abres por fin la caja / con minuciosidad de detective / y guantes contra la nostalgia. / El nombre sobre el árbol se ha quedado sin rostro, / y las ciudades se parecen tanto / que son todas la misma y son ninguna. / ¿Creías que eran sueños lo que fueron fracasos?”. Como la revelación en la tragedia clásica, esa apertura marca un giro de efectos demoledores en la fortuna de quien la sufre. A partir de ella comienza una odisea doméstica en la que los ascensos están marcados por la pesadumbre y asistimos contemplativos a una lenta caída.

En la segunda parte, titulada igual que el poemario, el recogimiento interior que simboliza la casa parece ser una respuesta a la desolación. Una desolación que es individual, pero tiene todo el tiempo ecos colectivos: el espacio público no es más que una suma de soledades ordenadas por mercaderes. Qué fácil entonces entregarse a la melancolía. Nada más lejos de la estrategia emocional que ofrecen estos poemas: para propiciar el cambio, encerrarse, apagar la luz y dejarse transformar por la memoria. La casa a oscuras es el espacio que hace posible ensimismarse para luego mudar de piel: “El que enciende la luz -dice el poeta- ya no es el mismo”.

A partir de ese momento, un hombre nuevo deja pasar la luz que traen a su casa la literatura y los amigos. Para ellos es el homenaje de Los invitados y Sobre el papel, dos partes comunicadas por la vida que quiere abrirse paso después de la catástrofe, tal como anuncian los poemas de Naturalmente. En ellos se impone una verdad: animadas por el efecto mariposa, el alcance de las pequeñas cosas es incalculable. Y se materializa una renovación: una gran ola subterránea será la fuerza que nos empuje de nuevo a la alegría; lo que arrasa el tsunami no es otra cosa que el dolor. Por eso dice el poema Hacia otra orilla: “Una sonrisa surge de la nada / como nacen las olas mar adentro, / sin que nadie lo espere, / arrasando castillos infantiles / al llegar a la orilla, / cuerpos desprevenidos / entregados al sol. / Una sonrisa cura / como un sol que calienta la arena de los días”.

Aunque el malestar que inunda sus páginas pueda hacernos pensar lo contrario, La casa a oscuras es el libro de un poeta que abre puertas, ventanas, caminos. “Me estoy haciendo tarde”, dice el primer verso de La realidad. Javier Bozalongo se hace tarde, sí, pero sabe hacerlo. La honestidad de sus versos es la de quien conoce el transcurso del tiempo, no se resiste, no lo niega, y entonces pone el tiempo a su favor. Por eso Bozalongo es cada vez más joven, joven de la única juventud que importa, ésa que mantiene en forma su poesía.

Fuente: granadahoy.com

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